emol, 30/07/2010, extracto.-
No es casual que tantos países cuyo patrimonio fue destruido en guerras lo hayan reconstruido tal cual. Hasta países comunistas, que podrían haber querido superar el pasado para que floreciera sin contrapeso el Hombre Nuevo. Después de vencer a los nazis, los soviéticos, bajo Stalin, restauraron piedra por piedra cada uno de los palacios de los tsares que rodeaban la ciudad de Leningrado. Emprendieron esa heroica labor por las mismas razones que llevaron a los nazis a destruirlos: en las construcciones patrimoniales de un país está su identidad, y cuando desaparecen, lo que queda es hueco y frágil, vulnerable a que cualquiera le ponga su impronta. Eso lo entendió con humildad Stalin.
¿Qué pasa cuando el patrimonio se derrumba, no en una guerra, sino en un terremoto, como en Chile? Es cierto que no tenemos ese imperativo profundo de mostrarle a un enemigo que no se la pudo con nuestra identidad. Pero ¿acaso no queremos mostrarle lo mismo a la naturaleza? Dejar que la naturaleza la borre es peor, porque los enemigos son ocasionales y la naturaleza inamovible: nuestra identidad está, por lo demás, en la forma en que la hemos podido moldear.
(...) No es que haya que reconstruir todo igual, como Stalin. Hay otros modelos. Hay esos collages que combinan lo nuevo con lo antiguo, como el Reichstag de Norman Foster en Berlín. Hay exteriores antiguos que albergan interiores modernísimos: se ven en cualquier pueblito de la Normandía. Pero ¡qué importante la humildad ante lo antiguo! ¡Qué importante quererlo y cuidarlo, sobre todo en nuestros pueblos chicos! Como decía hace poco Jorge Swinburn, si en un pueblo terremoteado “se hacen reinterpretaciones o nuevas formas…, van a quedar esas obras como lunares enquistados”. Lo que corresponde en esos casos, dice él, es que entre los arquitectos haya “una gran humildad para hacer arquitectura anónima”.
Debido a que hemos tenido tantos terremotos en Chile, nuestro patrimonio arquitectónico es escasísimo. Justo por eso cabe hacer un esfuerzo gigantesco para restaurarlo, esta vez, claro, en forma antisísmica. Si no lo hacemos, quedaremos como los desraizados, los precarios huérfanos del presente.
viernes, 30 de julio de 2010
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